8/8/13

Brazos

Uno de mis viejos temores es verme ante una audiencia a la que tengo que contar algo y en lugar de pronunciar palabras sólo emito cacareos. Como una gallina. Las pocas veces que he tenido que hacerlo, dando clase o hablando en una reunión con desconocidos muy engominados, nunca he conseguido librarme de ese temor. Me dicen, imagina que está todo el mundo desnudo. Y tengo que decir que eso no me sirve porque yo siempre imagino a todo el mundo desnudo (dentro de un razonable límite) y ya me acostumbré a ese tipo de imaginaciones. Afortunadamente, apenas tengo que decir nada en público y ese miedo lo entierro rápido si no hay un peligro cercano. En eso somos como esos mafiosos o asesinos que sacan un cuerpo del maletero y lo entierran en un bosque, después de cavar mucho. Pero el miedo siempre vuelve por mucho que lo enterremos. Sobre este tema escribió muy bien Felisberto Hernández, pianista, y como tal describió mejor que nadie ese temor y ese nerviosismo antes de un concierto.

Rescato este fragmento que acabo de encontrarme:
"No sé por qué recuerdo tanto un instante del mediodía en que yo comía lechuga y miraba el brazo de mi hermano que venía a quedar al lado del mío. Aquél era el brazo de un hombre que ese día no daría ningún concierto ni tendría ninguna responsabilidad; en cambio mi brazo no estaba libre y quién sabe cómo lo miraría yo unas cuantas horas después."

2 comentarios:

L. N.J. dijo...

Se pasa muy-muy mal. Me invitaron a leer un poema en un cine en un pueblo de Sevilla y yo dije: voy pero no sé si seré capaz.
Pues bien, el cine lleno de escritores (yo, mediocre, de verdad) porque escribir lo que se dice escribir (en ello estoy).
Sentada entre el público todo parecía tan normal, nada extraño.
Todos leían con confianza y tranquilidad, abajo del todo, junto a la pantalla recitaban los felices poetas.
Cuando me toca a mi, bajo las escaleras, llego al micrófono y un gran foco detrás mía que desde arriba, ni lo vi, me intimidó de una manera bestial. Miro al público "Ni un asiento vacío", sólo el mío. Llevo la mirada hacia mi papel y empiezo a leer. En el tercer verso el corazón me late tan deprisa que creo que se escuchaba por el micrófono; la voz me tiembla y lo peor de todo, lo peor es que me quedo sin respiración.
Miro hacia mi derecha y veo la puerta de entrada, pero que en ese caso para mi, era la de salida; quería salir corriendo.
¿Me voy o no me voy?...
Entre esa duda y leyendo el poema toda asfixiada escucho comentarios de lo mal que lo estoy pasando entre el público. Una mujer sentada en los asientos de abajo me dice ¡ánimos, que puedes!.
La miro y cuando acabo el poema sin tener ni idea de lo que he leído empiezan los aplausos fuertes a mi miedo escénico, porque no aplaudían a mi poema evidentemente.
Me quedé allí parada, sin saber si subir a mi asiento o irme corriendo para la puerta.
Juro que hubiese deseado salir por ella y que me diera el aire. Pero subí y las escaleras me parecían piedras, mis piernas no tenían fuerzas.
Me siento y me pregunta mi compañero ¿qué te ha pasado?
¿Qué qué me ha pasado?...

¿No lo has visto?: la proyección de la película está muy mal preparada. No vuelvo más aquí para ver ni una peli más.

Saludos y perdón por la extensión de mi experiencia.

L. N.J. dijo...

Eso sí, mis compañeros se partían de risa. Y yo, por supuesto, también.